Por Eugenio Pacheco
Chetumal, Q. Roo, a 19 de enero de 2026.- Lejos de las luces de Cancún y el bullicio de la Riviera Maya, en el corazón de la selva quintanarroense, una pequeña comunidad de mil 200 habitantes está demostrando que el verdadero tesoro del Caribe no es el mar, sino el “oro líquido” que producen sus abejas.
En X-Cabil y San Diego, municipio de José María Morelos, la apicultura ha dejado de ser una actividad de supervivencia para convertirse en un escudo que protege la selva y una experiencia turística que está atrayendo la mirada del país y el mundo.
Para los apicultores locales, como Miguel Puc Pat, rescatar a la abeja melipona, una especie sin aguijón, es mucho más que un negocio; es recuperar la memoria de sus antepasados, pues esta variedad endémica es la gran polinizadora de la selva maya; sin ella, el ecosistema colapsaría.

Apiturismo, una nueva propuesta
Hoy, la comunidad ofrece el “apiturismo“, una propuesta de ecoturismo donde los visitantes no solo compran miel, sino que participan en rituales ancestrales y aprenden el valor de la abeja como guardiana de la vida.
Para quienes buscan algo más profundo, las ceremonias sagradas, donde cámaras y celulares están prohibido, ofrecen una conexión espiritual con la naturaleza que ningún hotel de lujo puede igualar.
El esfuerzo está dando frutos y la familia Puc Acosta, de la comunidad de San Diego, recientemente puso en alto el nombre de Quintana Roo al ganar el premio a la mejor miel líquida en el Congreso Internacional Apícola.
Años de esfuerzo
Lo que empezó en 2020 con 25 colmenas, hoy es una empresa familiar con 300 apiarios que ya no depende de intermediarios que pagaban precios injustos.
“Buscamos que la gente viva la experiencia de ser apicultor por un día y entienda que la miel vale más que lo monetario”, afirma José Puc Acosta, agrónomo y productor.

Del panal al paladar
Actualmente, la miel de José María Morelos ya se consume en hoteles de Tulum y Akumal, y se envía a ciudades como Tijuana, Aguascalientes y la Ciudad de México, con una proyección más ambiciosa, explica.
Estos productores transitan hacia productos con más miel pura y con menos edulcorantes artificiales, como se comercializa de manera general.
Al comprar un frasco de miel de la Zona Maya, el consumidor no solo adquiere un superalimento, sino que financia la conservación de la selva y el sustento de familias que han decidido no abandonar sus raíces.




